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    Esta nota fue creada el miércoles, 6 julio, 2016 a las 6:03 hrs

    No es casual, ni la primera vez, que muchas de las mal denominadas “organizaciones sociales” se monten en un conflicto para sacar provecho personal.

    En el caso de las movilizaciones de la CNTE, la historia es cíclica.

    Se ha repetido en cada ocasión que la llamada disidencia magisterial ha salido a tomar las calles en defensa de sus privilegios y canonjías.

    Cierto, se debe reconocer que la reforma educativa contiene un error de fondo que seguramente se puede modificar por la vía legislativa: no se puede aplicar una sola evaluación a nivel nacional.

    Es decir, no se puede evaluar con la misma métrica a un profesor de preescolar, que a uno de primeria o uno de secundaria.

    Ni tampoco se puede evaluar con los mismos criterios a un profesor de Sonora que a uno de Chiapas.

    Cuando se negoció la reforma educativa, el entonces diputado del PRD y profesor, Miguel Alonso Raya, advirtió de los riesgos de una evaluación “universal” que no “tropicalizara” los criterios, es decir, que no tomara en cuenta las características de cada estado o región.

    Hubo, en apariencia, un acuerdo al respecto.

    Pero, como por obvias razones los exámenes no son públicos, no se conoce si finalmente se tomaron en cuentas esas observaciones.

    Parece que no y ello forma parte de las demandas de la CNTE que con un poco de voluntad política se podrían corregir.

    Pero existen otras que son francamente inatendibles: aumento salarial del 100%, liberación de sus líderes acusados de diversos delitos que van desde lavado de dinero hasta secuestro e intento de homicidio.

    Quieren que se les devuelva el control del presupuesto educativo en Oaxaca y que no se despida a los profesores que faltan injustificadamente más de tres veces al mes.

    Que se puedan heredar las plazas, como se hacía hasta hace poco y que todo los egresados de las normales tengan una plaza asegurada inmediatamente después de concluir sus estudios.

    A estas demandas, para algunos legítimas, para otros, como es mi caso, inatendibles por su propia naturaleza, se han sumado grupos de presión que van desde la guerrilla “mala” –el EZLN se apropió del título de guerrilla “buena”- pasando por los impresentables movimientos como el Francisco Villa y la Asamblea de Barrios, que ayer, enmascarados con el logo de la CNTE provocaron un caos vial en toda la ciudad.

    Todo lo que estamos viviendo es al final del cuentas producto del clientelismo político.

    Por años, el PRI hizo del magisterio a sus mejores operadores políticos; el PRD para crecer tuvo que pactar con “los movimientos sociales”, los mismo que ahora lo tienen de rodillas, incluida la administración de Miguel Mancera.

     Los partidos políticos los crearon y los gobiernos en turno los engordaron; ahora no saben qué diablos hacer con ellos.

    Y mucho menos, contra ellos.

    *

    Algo ha de tener el estado de México que, pese a sus innumerables problemas –la inseguridad y los feminicidios, los más graves-, le ha surgido muchos pretendientes.

    Por el lado del PRI, ayer salió a la palestra el presidente del partido en la entidad, el montielista Carlos Iriarte, para sumarse a la lista que encabezan dos primos del presidente Enrique Peña Nieto: los diputados federales Alfredo del Mazo y Carolina Morroy, quien está como presidenta interina del PRI nacional.

    A la lista se debe agregar la flamante secretaria de Educación del estado, Ana Lilia Herrera Anzaldo, quien la semana pasada dejó su escaño en el Senado para incorporarse a lo que queda de la administración de Eruviel Ávila.

     Iriarte se dejó ver en el comedero político de moda, tratando de llamar la atención de los medios.

    ¿Será que lo dejarán pasar?

    *

    Nadie en el gobierno federal ha salido en defensa de los incrementos de los costos de energía eléctrica y gasolina.

    Y como ha sido costumbre, han dejado que las redes sociales se conviertan en un muro de lamentaciones (y mentaciones) quizá a la espera de que está catarsis mengue el enojo y el desánimo.

    Otras vez, el gobierno deja pasar la oportunidad de una explicación, como ha sucedido ya muchas veces en el sexenio.





               



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